Lo más cercano a la vida después de la muerte, es un libro. Lo más cercano al paraíso. Eso es algo que pesa al momento de versar. Para algunos poetas este acto, es un acto de salvación; una especie de lucha por ganar un predio en un cielo ilustre: son vencidos por el deseo de eternidad y se debaten con la pluma un pedazo de tierra entre los “inmortales”.

Esa paradoja es el muro con el que se da de topes cualquier poeta que presuma de inteligencia crítica, y sobre todo que ejerza el materialismo como una praxis para la vida.

Ángel Carlos Sánchez es un poeta que asume la mortandad. El fin humano, y por ende también la mortandad de las letras. ¿Cómo puede un poeta asumir la muerte desde la vida después de muerte? ¿Cómo asume la vida el poeta después de volverse palabra?

El gran poder que tiene el conocimiento —la palabra escrita— como bien lo apunta Julio Ortega, en el Discurso dialógico, es que desarrolla un “potencial de acción”. Antecede al acto: da cuerpo a la reflexión y al cúmulo de experiencias que representan múltiples posibilidades para el desarrollo de un momento. Es decir, nos ayuda a decidir qué camino tomar, a entender por qué tomar cierta decisión nos llevaría a la muerte, cierto alimento a la enfermedad, o por qué el hacer las cosas de cierta manera irremediablemente no conduciría a la autodestrucción.

Esa cuestión de saber para no repetir los errores de la historia, es la función que tiene la letra, la palabra escrita, más allá de la posteridad ganada por el autor.

Casa de páginas abiertas es un libro que construye un espacio para el diálogo con poetas que perviven entre los muros gramáticos, que a modo de infiedro, edifica Ángel Carlos Sánchez, dentro de su jardín de estrellas. Es la comunidad de fantasmas que lo hacen menos solo y que le dan existencia; la construcción de su propio mausoleo de hierba, igual que versos.

Por eso en la primera parte, Material es, busca dejar claro que su intención al construir esta casa, no es ocupar el cuerpo de nadie. Sino en una especie de autogestión, armar —matéricamente hablando— la estructura invisible a través de la cual puedan cruzar las palabras, o con su camino, los que se aventuren a entrar en este no sitio.

Entremos a la mente de Ángel Carlos Sánchez. Sigamos la burbuja del misterio. Tratemos de tocarla. De romper su redondez para que descubramos que su misterio es de aire. Invisible como la respuesta es la pregunta. Lo seguimos, y nos lleva a los infiernos de Dante, nos hace cruzar por el pandemónium, el edén, Amauroto, ahora lejos de toda utopía; Comala, Macondo, todas la ciudades invisibles de las que hablaba Calvino. Y que una vez visitadas quedarán atrás, entre la herrumbre de los sueños. Vencidas, atravesadas por la experiencia de Ángel.

Por eso podemos saber que más que un Manual del perfecto ciudadano, como el de Ikram Antaki, tenemos el testimonio, la vereda irrepetible, de un inventor de paisajes; de un habitante más entre los espíritus de la inteligencia.

Vengan por aquí, entremos a su casa, entremos por la ventana. Que cruzar la ventana es haber estado ya en la casa. La casa entera es una ventana. Un umbral. Donde el sol es un sillón que se inmola todo el tiempo, y que como una flor va dejando sus pétalos negros en el corazón de los que caminan sobre este mundo.

Entremos a su corazón. Donde todos son iguales. Y todos intercambian ruidos en un tianguis donde los animales son parlantes de otras lenguas. Desconocidos que nos miran como iguales, y no temen darnos la mano. O intercambiar un ladrido por una palabra. Un grito por un graznido. Caminemos por las vísceras de Ángel. En su Desván, como nombra la segunda parte de su libro, donde veremos la sombra de una mujer, y detrás de ella, la luz de una diosa, y luego el vacío que deja la oscuridad detrás de una sombra.

Materia. Sueño material. Materia infinita. Rompiéndose en sombras; en cuervos cuando abre el ropero. Pájaros que hablan un idioma, que toma tiempo entenderse. Desván donde el ruido es polvo. Donde ya la magia es, una interrogante; creer en cualquier cosa, un juego de niños, y entender que sin “amor real” todo oscurece.

El amor material, es la acción. La acción que abre puertas invisibles. Sólo llagas: por eso vale la pena. Vengan, saltemos juntos, entre los árboles eléctricos que dibujan el cerebro de Carlos Sánchez. Veamos que ahí, antes había una historia dulce para hablar de una terrible forma del amor. Que ahí había un relato misterioso para ocultar los hilos que mueven a los cuerpos a fundirse. Ahí, como ella le dice a él, había una subjetividad que veía la rosa hirviente de la sangre entre las manos como un corazón.

Pero sólo era viento. Si tocamos esta superficie, abriremos uno de los pensamientos más ocultos de Ángel Carlos. Toquemos la puerta, veamos si nos abre. Ahí está su habitación con vista al tiempo. Podremos ver animados los seres que pueblan fantásticos con sus dudas la vida de Ángel. Toquemos la puerta; Ángel, está dispuesto a abrir un signo de interrogación. A tomar nuestra respuesta. Como lo hicieron antes en Grecia, en Texcoco, en Tenochtitlan, Pessoa, los atomistas, extravagantes presocráticos; Nezahualcóyotl, Sor Juana, Ignacio Ramírez, el Nigromante, Altamirano, César Vallejo, Lorca o Artaud; todos ellos ideas, que fueron revividas por Ángel Carlos, y que pueden reviven siempre que alguien las llame, sólo para morir luego, en el libro cerrado del sueño.

Entrar aquí, como bien lo dice el título, Casa de páginas abiertas, es abrir la boca, dialogar, como Sócrates con Platón, o Pericles: como dos desconocidos que discuten en la esquina la rareza del mundo. Lo absurdo de sentir amor por la vida.

Entrar aquí es una aventura mayéutica, en la cual, de antemano sabemos no tendremos la razón. Porque hablar es entender que siempre puede haber un camino que no ha sido descifrado. Saber que incluso en la vida después de la muerte, que es un libro —la muerte después de la vida— es hallar en un lector, a un ser que dispuesto a dialogar, puede darnos jaque, y a manera de agradecimiento, otorgarnos el descanso efímero del día. Vengan, entren a la casa de Ángel Carlos Sánchez: sean bienvenidos.