En el centro de San Antonio Millet había un enorme ceibo. Todo en él era grande. Sus raíces pasaban por debajo de las casas y se extendían más allá del pueblo, cuando jugabas con la tierra las podías ver, eran fuertes, salían a la superficie y se enterraban de nuevo; dicen que buscaban el agua de los cenotes para alimentarse de ellos; en su camino podían partir piedras y levantar los sólidos pisos de la antigua hacienda. Todos coincidían en que era tan viejo que ya estaba allí mucho antes que llegaran los primeros pobladores, por lo tanto lo había visto todo. Su follaje denso hacía que los vientos se partieran cuando chocaban con sus hojas. Olía a miel de madera, a hoja en agua, de estos aromas que no se pueden describir con palabras. Este árbol poseía una peculiaridad: en el mes de abril, cuando los calores arreciaban y por las tardes soplaba la brisa del norte, el ceibo podía hacer nevar… o algo mucho más bello. Desde lo más alto de su follaje brotaban miles de bolitas de algodón; eran muchas, flotaban por todas direcciones, parecía que caían del cielo, uno podía imaginar que eran las nubes sacudiéndose, descendían muy lentamente, y cuando creías que ya las tenías en tus manos cambiaban intempestivamente de rumbo, como si jugaran contigo; algunas se elevaban hasta el cielo y desaparecían, otras se dirigían al monte, sorteaban las puntiagudas hojas del henequén y trepaban a los follajes del chakah, guardándose para no ser vistas de nuevo. Constantemente discutía con otros niños sobre la posibilidad de que las semillas del ceibo llegaran hasta China y que los chinos confundidos se preguntaran de dónde provenían esos pedacitos de nube.

Al transcurrir unos cuantos días, los pedacitos de nube desaparecían sin dejar rastro, incluso algunos niños las encerraban en jaulas para poder jugar con ellas todo el año, pero hasta allí dejaban de estar. Yo sé que puede parecer difícil de creer… pero así fue.

En San Antonio Millet nací y viví hasta los diecisiete años, mi nombre es Mateo Evangelista Sosa, junto con mi madre residía en una casa cercana al centro del poblado. Bajo el ceibo veía el andar del pueblo. Pegado a su tronco reposaban unas piedras labradas; nadie comprendía quién las había colocado allí. No eran altas, pero de pie, encima de ellas se podía ver mejor la torre de la hacienda; ahora que lo recuerdo realmente parecía un castillo medieval, me pregunté tiempo después qué gusto tan exquisito tendrían esos hacendados yucatecos; en Europa, estas edificaciones servían para que vivieran los reyes y aquí las construían para convertir las hojas de henequén en hilos. En la parte alta de la torre se encontraba el medallón de un reloj, los números se podían apreciar sin dificultad; la aguja que marcaba la hora había decidido hacer su pausa perpetua apuntando al número doce; algunos adultos, como mi amigo Ezequiel, se preguntaban siempre si marcaba las doce del mediodía o a las doce de la medianoche, ese reloj carecía de minutero; dicen que se desprendió unos ciento cincuenta años atrás; una vez escuché toda la historia de su desaparición.

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