—¡El barco! ¡El barco! ¡Ya llegó el barco!— gritaban los muchachos corriendo hacia la punta del muelle, tratando de ocupar un buen junto a la barandilla donde se ve pasar a la gente que baja de los barcos.

Los vimos descender con sus flacuras amarillas, sus enormes tenates colgando de los hombros, y sus herméticos baúles con herrajes que apretaban contra sus cuerpos. Son chinos, cuchicheó Manuel.

—¡Qué amarillos!— dijo Alberto.

—Qué flacos— comentó Catita.

En total eran como 50 personas que llegaban del lejanísimo Oriente. La verdad era que no venían directamente de ahí: la Nao de China, que así se llamaba el barco en el cual salieron de su país, atracó primero en el puerto de Acapulco. Esta familia que llegaba a Progreso atravesó México, Puebla y Veracruz y ahí se embarcó en el Flecha Roja rumbo a Yucatán.

Algunos eran viejísimos, otros no tanto. Había señoras y señores, muchachos y niños. Todos cargaban algo. Caminaban con pasos cortos y rápidos, bamboleando los tenates llenos de enseres.

Esa fue la primera vez que los vi. Estábamos de vacaciones y era parte de la diversión ir al muelle a mirar los barcos que llegaban.

 

(Fragmento del cuento El Cuartel de Dragones de Brenda Alcocer, tomado de la publicación realizada por el ICY y el Conaculta en noviembre de 2009) 

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